Del tiempo, su organización y de lo indispensable de los descansos para ver las cosas claras.


“No sé por dónde empezar”

Que levante la mano quien no haya dicho alguna vez esta frase. Aunque no pueda verlo en este momento, estoy completamente segura de que sé la respuesta: todas las manos se mantendrán abajo. Y aunque sea archienemiga de ello, permitidme generalizar en este caso. Le pasa a todas las personas.

¿Cuántos hemos deseado que el día durara 40 horas? ¿Por qué de repente se nos plantean docenas de cosas que a priori son urgentísimas y que no pueden esperar? ¿Por qué esa falta de tiempo?


Se me ocurren muchas respuestas que dar a estas preguntas, pero creo que todas conducen al mismo camino: la sobrecarga de tareas, la falta de planificación y la infravaloración del tiempo de descanso.


La falta de tiempo es un mal extendido, y en mi opinión, un producto de nuestra educación y de la sociedad. Los ritmos impuestos y la presión, tanto propia como ajena, nos hacen querer abarcar demasiado, provocándonos frustración al no conseguir cumplir nuestros objetivos en el plazo previsto.


En muchos casos, el no cumplimiento de estos objetivos es una cuestión de auténtica pereza. Admitámoslo, nos encanta dejar las cosas para el último momento, y luego vienen los “madremías”. 
Pero en otras ocasiones no se trata de simple holgazanería; se trata de sobreestimar nuestro tiempo de manera constante y estar incesantemente en “modo on”, siempre conectados, siempre atentos a todo, haciendo que enlazando una tareas con otras y no dejándonos respirar y tener un rato para nuestros asuntos.

Debemos empezar a valorar nuestro tiempo, el descanso y la calma como instrumentos poderosos que nos conducen a la productividad y la eficiencia en todas las facetas de nuestra vida y al bienestar general, y no como una pérdida de tiempo. Y no hablo solo del sueño, que tan poca importancia tiene para algunas personas. Hablo de momentos de desconexión y sosiego que han de formar parte de nuestro día a día.

Con respecto al sueño, es bien cierto que cada individuo tiene su propio ritmo. Algunas personas rinden mejor de día que de noche y al contrario. Algunos afortunados, con dormir unas seis horas se levantan como rosas  y llenos de energía para afrontar el día, y otros, si no duermen diez horas, no son dueños de sus cerebros. Salvando estas diferencias individuales, el sueño es un pilar primordial para una vida sana y una actividad mental adecuada. No se trata únicamente de un período de restauración y descanso del cuerpo y la mente, sino que está íntimamente relacionado con otros procesos cerebrales complejos tales como la memoria. Mantener una correcta higiene del sueño nos ayudará a estar más productivos y frescos, con el consiguiente beneficio para nuestra vida y trabajo.


Y con respecto al otro descanso, me gustaría empezar de nuevo con una pregunta: ¿cuándo ha sido la última vez que os habéis dedicado una hora al día como mínimo para parar y reflexionar? No es que sea adivina, pero al igual que antes, también creo que sé lo que ocurrirá; y me atrevo a estimar, siendo optimista, que menos del 20% de las personas podrían darme un sí como respuesta.

El tiempo que cada persona se dedica a sí misma, generalmente, está infravalorado. Ya sea por sobrecarga de trabajo, dependencia de los demás hacia nosotros, hiperresponsabilidad, sobreestimación de lo que tenemos que hacer, falta de concentración o cualquiera que sea el motivo, no logramos desconectar ni un minuto.

Analicémoslo. El día tiene 24 horas. La división horaria equitativa e ideal sería ocho-ocho-ocho: ocho horas durmiendo, ocho horas trabajando y ocho horas para el resto de los asuntos. Teniendo en cuenta que un alto porcentaje de las personas no llegan a dormir ocho horas, que en el mejor de los casos trabajamos otras ocho horas (aunque desafortunadamente en unos caso son más y en otros muchas menos) y que las otras ocho horas las dedicamos a hacer literalmente de todo, en plan superhéroe (casa, compras, recados varios, higiene, alimentación, buscar las llaves, pasear al perro, estar con nuestros amigos y conocidos, cuidar de nuestras familias, hablar por teléfono, ayudar a alguien de nuestro entorno que lo necesita, televisión, redes sociales y un larguísimo etcétera), ¿dónde queda nuestro tiempo?

El tiempo de ocio es necesario. Pero más necesario es vivirlo como se debe; disfrutando de él. La importancia de estar en el momento presente en es primordial para apreciar lo que tenemos. Nada de estar en el gimnasio pensando en lo ocupado que será el día de hoy y en que tienes que llamar para pedir cita al dentista. Nada de quedar para pasar un rato con nuestros amigos y amigas porque “hay que ver la de tiempo que hace que no nos juntamos ” y estar sin quitar el ojo del móvil.

La tecnología que tanto pensamos que nos soluciona la vida, sirve de bien poco aquí. La sobreexposición a información que (más o menos) nos interesa nos hace focalizarnos en ella; el contacto en redes sociales y sistemas de comunicación virtual provoca, además de la absorción de buena parte de nuestro tiempo libre en muchas ocasiones, la dependencia de determinados dispositivos; la “necesidad” de la inmediatez en lo que a actualidad se refiere, hace que pongamos demasiada atención y energía en cosas que al fin y al cabo no son tan importantes, olvidando y siendo negligentes con lo que de verdad lo es.


Los descansos deben ser eso, descansos. Momentos para sosegarnos, respirar, reflexionar, valorar y dejar de pensar y preocuparnos. Dedicarnos un rato a desconectar de lo que estamos haciendo y simplemente ser. Afortunadamente, será una hora. Una hora de gimnasio, una hora de yoga, una hora de escribir en nuestros diarios o una hora de escuchar nuestra música favorita siendo conscientes de lo que estamos haciendo, permitiéndonos disfrutar de lo que hacemos. Con menos suerte, serán entre cinco y veinte minutos. Algo es algo. Lo vital, como ya he dicho, es permanecer mentalmente ahí. Vivir nuestras actividades conforme las hacemos y no realizándolas con el piloto automático puesto.


Los descansos reales, ya sean cortos o largos, nos ayudan a cambiar de perspectiva, a ver las cosas con más claridad, a enfriar y/o macerar ideas, a gestionar de manera sensata un asunto, a actuar de manera reflexiva, a concentrarnos de verdad, a darnos cuenta de los fallos, a salir de la falta de inspiración o a retomar con más ganas aquello que dejamos aparcado.

No nos neguemos el derecho a hacer lo que queramos con nuestro tiempo libre y seamos conscientes y dueños de lo que hacemos con él, porque cada momento cuenta y repercute de manera beneficiosa en el resto de nuestras actividades.



Psicóloga



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